junio 11, 2026

Los dichos de Zedillo en tiempos de la 4T

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Ernesto Zedillo, el expresidente que prefiere Yale a las calles mexicanas, reaparece desde su cómodo autoexilio para dictar lecciones de democracia y progreso. En una reciente entrevista para El Mundo, el exmandatario cuestiona sin rubor el legado de Andrés Manuel López Obrador, declarando “difunta” la democracia mexicana y acusando a Morena de copiar lo peor del PRI histórico. 

Pero, entre sus dardos, hay uno que resuena con verdad incómoda: ¿fue López Obrador un presidente progresista? Zedillo lo pone en duda, argumentando que no mejoró de manera sostenible la condición social de los mexicanos, sino que optó por clientelas electorales. Y en eso tiene razón, al menos en parte: el tabasqueño, pese a su retórica izquierdista, ha priorizado el control político sobre transformaciones estructurales profundas – al igual que su predecesor Vicente Fox, manteniendo un modelo extractivo y dependiente del petróleo y las remesas, sin romper del todo con el pasado que tanto critica.

Sin embargo, el autoexilio de Zedillo —ese refugio en el vecino país del norte donde ha pasado décadas como rector emérito y conferencista— le quita legitimidad a su pontificación. Critica desde la distancia, sin pisar el lodo mexicano que dejó empantanado tras el “error de diciembre” de 1994. ¿Dónde estaba cuando sus reformas privatizadoras desmantelaron el Estado y multiplicaron la desigualdad? En su burbuja académica, presumiendo de estabilidad macroeconómica mientras millones caían en la pobreza. 

Lo más hipócrita es su velado ataque a los programas sociales de la 4T, tachados de clientelismo por dádivas con cargo al erario público, pero omite convenientemente que sus propios gobiernos —y el del salinismo que heredó— se sustentaron en esquemas asistenciales idénticos: el Programa Solidaridad de Salinas, con su red clientelar para apaciguar revueltas como la de Chiapas, y sobre todo Progresa, su buque insignia de transferencias condicionadas que, aunque disfrazado de “inversión en capital humano”, no fue más que asistencialismo focalizado para contener la miseria sin alterar las raíces del sistema. 

Zedillo cuestiona la sostenibilidad del programa Bienestar de la 4T, pero ¿dónde quedó la suya? Sus políticas no erradicaron la pobreza estructural; la pospusieron, dejando un México con más multimillonarios y más marginados. 

Hoy, desde su exilio dorado, finge amnesia histórica para atacar lo que él mismo practicó, pero con menos retórica populista. Si AMLO no es progresista —y lo cierto es que no lo es, atrapado en un nacionalismo rentista—, Zedillo lo es aún menos: un neoliberal tardío que vendió el país a Wall Street y ahora lamenta la democracia fallida y erosionada que su propio partido autoinflingió a lo largo de décadas para dar paso a una alternancia que no tuvo los brios para cambiar a México. 

Hoy México necesita autocrítica genuina, no sermones de un exiliado que prefiere el eco de las aulas yankis al debate en las plazas públicas.

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