junio 11, 2026
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En el ajedrez político poblano, donde las piezas se mueven con la precisión de un huipil bordado en la Sierra Norte, el gobernador Alejandro Armenta acaba de realizar un movimiento: invitar a la diputada Laura Artemisa García Chávez a encabezar la Secretaría de Bienestar, en sustitución de Javier Aquino Limón, quien migra a la delegación federal de la SICT, luego de las grillas al interior orquestadas por su ex coordinador general Edgar Chumacero.

Este nombramiento no es solo un ajuste de gabinete —el quinto en diez meses de administración—, sino una consolidación de lealtades internas al seno del armentismo. Sin embargo, como todo en política, trae sombras: el vacío en la presidencia de la Junta de Gobierno y Coordinación Política (JUCOPO) del Congreso local, y la necesidad de que Artemisa transforme su perfil de operadora sindical en una gestora humanista ante la crisis social que azota Puebla.

Laura Artemisa, nacida en 1970 en la capital poblana, no es una improvisada, su trayectoria es un mosaico de militancias que refleja la volatilidad de la izquierda poblana. Su salto a Morena en 2024 la catapultó: coordinadora de delegados, candidata plurinominal en la cuarta posición de la lista, y finalmente presidenta de la JUCOPO en la LXII Legislatura. Su liderazgo en el Congreso ha sido opaco, muchos reflectores, pocos resultados, sobre el techo goteante del nuevo edificio legislativo, que deja sin reparar.

Este relevo en Bienestar llega en un momento crítico. Puebla enfrenta una emergencia humanitaria: cientos de afectados por lluvias en la Sierra Norte, daños en carreteras y un llamado urgente a reordenar el presupuesto 2026 hacia la reconstrucción, como lo urgió Artemisa días antes desde el Congreso. 

En tanto, la Secretaría de Bienestar, pilar de la 4T, administra programas que tocan a millones. Aquí radica el pulso del nombramiento: Artemisa, con su raíz sindical (ex secretaria general del SETEPID, el primer sindicato independiente de maestros en Puebla), trae cercanía con la base trabajadora y un enfoque en equidad de género y violencia, pero debe superar su imagen de “neomorenista” —recién llegada, como José Chedraui en la alcaldía— para no ser vista como un fichaje de Armenta por afinidad, sino por resultados. 

En la Secretaría de Bienestar, Artemisa hereda un portafolio de programas que cubren del campo a la ciudad, pero con brechas evidentes en 2025: solo 742 unidades médicas transferidas al IMSS-Bienestar de las 1,500 casas de salud en 173 municipios, y un abasto de medicamentos que aún cojea pese a la federalización de 4,442 plazas. Su doctorado en Educación la predispone a innovar en capacitar beneficiarios, pero el reto es operativo: ampliar el alcance rural (donde priorizará a afrodescendientes y indígenas) e integrar datos para evitar duplicidades con el Bienestar federal, hasta usar fondos de Sembrando Vida para reforestar la Sierra Norte y capacitar a 18-29 años en empleos verdes, atrayendo inversión federal de 6 mil millones en infraestructura educativa. Aprovechar su red en SETEPID para alianzas con organizaciones civiles, ampliando becas y pensiones a 1,301 audiencias como las que gestionó en el Congreso.

Si Artemisa logra esto, no solo justifica el favoritismo de Armenta, sino que se posiciona como la “operadora humanista” que Puebla necesita: menos espectaculares, más salones comunitarios rehabilitados. De lo contrario, su paso por Bienestar podría ser otro peldaño efímero en una carrera marcada por saltos partidistas.

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