Editorial
No cabe duda de que el lujo y las excentricidades son algo tan próximo a nuestros políticos que para nadie resulta escandaloso; lo escandaloso resulta cuando las ínfulas de prepotencia salen a relucir.
Así de patéticos son algunos políticos, que lo mismo dicen legislar que gobernar su ciudad. Eso sí, envueltos y ataviados en joyas, ropa estampada con marcas, poderosas trocas, mujeres buchonas y un séquito de incompetentes guaruras a su lado.
Una y otra vez la proximidad de las redes sociales nos da muestra de su flatulento estilo de gobernar, nuevos ricachones y pseudo influencers para quienes es difícil entender que el lujo no está en las excentricidades sino en el verdadero arte de comportarse en público y en privado, ya no como ejemplo de moralidad ideológica que sus líderes tanto pregonan, sino como cuestión básica y sentido común del cargo que temporalmente ostentan.
Así vemos el bochornoso caso del edil de Cuyoaco, Iván Camacho, un municipio que ha sido saqueado por ladrones y funestas familias adineradas para quienes el progreso es sinónimo de corrupción con resultados siempre decepcionantes.
Nada más veleidoso resulta ver a un nuevo junior de la política polemizando lo que todos observaron, cuando la conducta pública del despilfarro se vuelve una constante cada vez más difícil de superar.
