Editorial
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Hablar con sinceridad hoy en día parece un hecho temerario.
Ser valiente ante la realidad de un país hundido en el odio y la violencia tiene un alto costo, al que pocos se atreven a tomar.
La muerte de Carlos Manzo irrumpe en una coyuntura política tensa, producto de una resistencia ignorada y con oídos sordos, en donde poco o nada servirá lamentarnos ante los arrebatos de grupos criminales que sin mayor miramiento mandan acribillar a sus adversarios y opositores en las plazas públicas para mandar un mensaje de impunidad, sembrando miedo e indignación bajo el adagio de determinar quién gobierna y, más aún, quién vive.
Y como bien dice Daniel Habif: no lo mataron a él, nos mataron a todos un poco. Y es que sin duda la muerte de Manzo, alcalde de Uruapan, Michoacán, en un cobarde ataque directo, nos lastima a aquellos que defendemos la paz.
Manzo no fue un político ordinario, fue un ciudadano que se atrevió a denunciar un estado infestado de corrupción y criminalidad. La verdad fue su bandera, una y otra vez lo dijo sin temor, sabía que su vida corría peligro y aún así no claudicó.
Fue enfático al hablar de su futuro: la cárcel, la muerte o el exilio. La vida le cobró factura para ser una víctima más en un Estado rebasado por la criminalidad. Su voz incomodaba.
Pero su voz es también un nuevo llamado a la reflexión más allá de la condena para tomar partida, al sostener que la política sin coraje es cómplice del caos si no actuamos con mayor determinación y consciencia colectiva, para que su nombre, su brío y su legado no encuentren otro epitafio más en el panteón de los olvidados.
