junio 11, 2026
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¿Sospecha, intriga o fines políticos para dañar la imagen de unos versus la propaganda sistematizada de los actores políticos por engrandecer sus logros en las redes sociales? 

Esto es el día a día de los gobiernos contra la prensa y sus opositores, frente a un desinterés creciente de la sociedad en la política y sus actores, en donde nadie duda que la conversación digital puede generar entusiasmo, debates y expectativas para bien y para mal, transformando a la política en una nueva forma de religión secular. 

Trump, en el vecino país del norte lo sabe, tanto como López Obrador lo utilizó para ganar influencia y pulverizar a los medios tradicionales dividiendo a la opinión pública con uso de la tecnopolítica. 

Así, hoy en día “el troleo justifica los medios” como reflejo de una sociedad desinformada, capaz de consumir sólo aquello que le llama la atención por morbosidad, por entretenimiento, espectáculo o por activismo digital, para fomentar la difusión favorable de gobiernos y gobernantes mediante astrogurfing, y en donde cada like cuenta como una estrategia de legitimidad, más que mobbing digital. 

Pero, ¿hasta dónde las investigaciones y chismes periodísticos merecen credibilidad en un contexto tan polarizante? En un ecosistema donde el 80% de ingresos de la llamada “prensa independiente” dependen de anuncios oficiales según datos de Serendipia Digital y, en donde el sensacionalismo vende clics sin verificación de fuentes, problema crítico que apunta a: ¿cómo distinguir entre información objetiva y narrativas tendenciosas en la casa del jabonero, en donde el que no cae, resbala? En Puebla, donde el 80% de ingresos periodísticos vienen de publicidad y notas pagadas, y en donde los sesgos suelen estar ligados a presiones económicas y pasiones políticas, más que a ética y transparencia en el ejercicio del periodismo.

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